Francisco Martín Olivares fue un onubense que vivió en el siglo XVIII, el cual marchó al nuevo continente asentándose en la ciudad de México, donde hizo una importante fortuna.
El 2 de marzo de 1756 otorgó una escritura de poder, en la que, confesando su "fervoroso afecto e inclinado a la devoción de Nuestra Madre y Señora, titular de la Cinta, que se venera en su ermita extramuros de la dicha villa [de Huelva]", manda "establecer, instituir y fundar desde ahora y para siempre jamás perpetuamente una memoria para que en cada un año y en el día ocho de septiembre en que se celebra la fiesta de dicha imagen milagrosa se solemnice esta".
El 30 de agosto de 1759, una vez llega a nuestra ciudad dicho mandato, se otorga escritura de fundación -que se custodia en el Archivo Histórico Provincial de Huelva-, en la que dota con una importante cuantía económica -más de 500 reales de vellón anuales-, una memoria para solemnizar y dar esplendor a la Fiesta de Nuestra Señora de la Cinta que se celebraba cada 8 de septiembre.
Dicha manda establece expresamente el mandato de celebrar "cada un año una fiesta a la milagrosa imagen de María Santísima título de Nuestra Señora de la Cinta que se venera en el altar mayor de su ermita extramuros de esta dicha villa a la distancia de un cuarto de legua de ella… con primera y segunda vísperas, misa cantada con diácono, sermón y predicación… música, procesión y fuegos". “Asimismo, se agregue en lo posible otra memoria a Nuestra Señora de Guadalupe, cuia imagen se venera a solicitud y devoción de nuestro Don Francisco en la expresada Hermita."
Esta fiesta había sido instituida en 1602 por otro onubense y devoto cintero, don Francisco de Leiva, quien estableció una fundación para "decir y cantar una misa en la ermita de Nuestra Señora de la Cinta, que está en término de esta villa, la Fiesta de la Natividad de Nuestra Señora, en la cual, la víspera, se han de decir vísperas y el día una misa cantada con diácono y subdiácono", día en que ha de "haber sermón y cera y todo lo necesario para decir la dicha misa con sus capas"
Pero la importancia trascendental de la aportación de don Francisco Martín Olivares fue en que fija los principales elementos esenciales de la tradición cintera.
Al introducir la procesión, determinó el encargo hacia 1760 de una imagen procesional, que se encargó en madera policromada y estofada, al prestigioso imaginero Benito Hita del Castillo. Esta procesión, que recorría el entorno del Santuario y era conocida como la "Procesión de los Marineros", propició la costumbre de los onubenses de acudir en romería hasta el Santuario para vivir las fiestas de la Virgen.
La importante dotación económica otorgó a la hermandad una importante holgura económica, que le permitió acometer un embellecimiento importante del Santuario, al que se le añade el retablo, el coro a los pies del templo, el atrio que se erige delante de la fachada medieval y una zona de descanso para los hermanos y peregrinos.
Por tanto, puede afirmarse que la aportación de don Francisco Martín Olivares dio forma a los cultos tradicionales de la Virgen de la Cinta, que persisten como seña de identidad de la ciudad hasta nuestros días, con las lógicas adaptaciones sufridas con el devenir del tiempo y el crecimiento de la ciudad.
Como curiosidad, cabe añadir que una de las tradiciones más auténticas, y a veces desconocida, que mantiene nuestra ciudad, es la misa votiva de la Virgen de Guadalupe establecida en la manda de don Francisco Martín Olivares, la cual se celebra ininterrumpidamente en el Santuario en la mañana del 8 de septiembre en el Santuario desde 1759.
